d. Giacomo Falco Brini – Comentario al Evangelio del domingo, 10 de noviembre de 2019

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RESURRECCIÓN: NI REENCARNACIÓN, NI REANIMACIÓN

Vita da risorti, acquarello di Maria Cavazzini Fortini, novembre 2019
Vita da risorti, acquarello di Maria Cavazzini Fortini, novembre 2019

Recuerdo que un día en la mesa con algunos colaboradores de una parroquia que me hospedaba, nos entretuvimos hablando acerca de la resurrección de los cuerpos. A un cierto punto un joven papá intervino: “bien, a mí me gustaría resucitar en otro cuerpo, no necesariamente en el mío. “Además, pienso que quizás resucitaré en un cuerpo de un animal, ¿quién lo sabe?” Aquél día me di cuenta mucho más, si en caso hubiera habido necesidad, que actualmente también entre quien se profesa “católico” le está faltando el abecedario de la vida cristiana. Fue difícil intentar aclarar a ese papá que como cristiano debería creer en otra cosa, que no se puede hablar de la resurrección como si fuera la reencarnación. Es necesario admitir que hay mucha confusión por todas partes y que “el yo pienso que” o el “me gusta”, hoy en día prevalecen sobre un serio razonamiento también acerca de las verdades de fe.

Quizás había un poco de confusión también en los tiempos de Jesús. Los saduceos, una clase de aristocracia sacerdotal, eran grupo religioso de Israel que aceptaba solo la autoridad del Pentateuco. Para ellos solo la Torá estaba inspirada. Entonces ellos no creían en la resurrección de los muertos simplemente porque, según ellos, estos libros de la Biblia no lo hablan explícitamente. Imitando a los fariseos sus adversarios, tejieron una trampa al Señor Jesús, recurriendo irónicamente a un problema grotesco que se presente delante de la ley del levirato: si los cuerpos resucitan y para respetar este ley en la tierra, se suplen siete hermanos difuntos como maridos de una cierta mujer, al final, cuando morirá aquella mujer, ¿de cuál de los siete será mujer en el Cielo? (Lc 20,28-33) Jesús no se substrae a la provocación, sin ignorar la insidia escondida detrás de la pregunta. En el fondo, el problema de los saduceos es el mismo problema del joven papá conocido años atrás. Pensar en la vida post-muerte con criterios de la vida terrena.

De hecho, el Señor revela que la vida futura es adivinable solo a quien se abre a la novedad de Dios. Hay una clara diferencia que Él obra entre los hijos de este mundo, y los hijos que son juzgados dignos del otro mundo. La atención de Jesús se concentra entonces en la discontinuidad entre el mundo presente y el mundo futuro, entre “este” mundo en el cual vivimos y “el otro” mundo hacia el cual caminamos. En otras palabras, en tema de resurrección de los cuerpos, no se puede hablar propiamente con las categorías de la vida presente. Por esto Jesús afirma que los resucitados no toman marido ni esposa y que ya no pueden morir porque son como los ángeles (Lc 20,35-36). Nuestra fatiga intelectual será siempre la de tener unida esta verdad y la otra que subraya en cambio la continuidad entre vida presente y futura. Es decir: lo que vivo y cómo lo vivo sobre la tierra, “prepara” mi futuro en la eternidad.

Pero es necesario decir que la fe en la resurrección en Israel se expresa bastante tarde. La 1era lectura de hoy es una de sus formulaciones más explícitas (2Mac 7), pero hay varias de la misma importancia (cfr. Sab capp.3-5, Ez 37,13 ss.). Esta fe no parte de un postulado filosófico típicamente griego como la inmortalidad del alma, sino de la experiencia histórica de las promesas divinas. Lo que la funda es la fidelidad del amor de Dios que no puede detenerse delante de la muerte: si de verdad las cosas están así, su potencia es capaz de vencer la muerte haciéndonos en algún modo regresar a vivir, también si no es más la misma vida de antes: la resurrección no es reanimación de un cuerpo. Es una de las más bellas expresiones de la 1era lectura de hoy en la boca llena de inquebrantable esperanza del cuarto hermano condenado a muerte: Más vale morir a manos de hombres y aguardar las promesas de dios que nos resucitará (2 Mac 7,14)

Pasamos a la parte conclusiva del evangelio. No podemos sobrevolar sobre la genial capacidad de Jesús de bajar al mismo terreno bíblico en el cual se movían los saduceos (Pentateuco), para intentar abrirlos a la verdad de la resurrección justamente a partir de la revelación mosaica de Dios. La progresión de esta, de hecho, lo hace manifestar a Moisés como el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob (Ex 3,6) que, en el texto, no es mera expresión para decir que se trata del Dios de la historia de Israel. Si de hecho en el revelarse Él se queda todavía el Dios de, o sea Aquél que ha entrado en la historia de hombres que han muerto, significa que estos últimos necesariamente resucitan. Aquél “de” hay que entenderlo como pertenencia: Dios ahora pertenece a Abraham, Isaac y Jacob porque ellos viven todavía con Él y viceversa. De otro modo, no sería el Dios de vivos como afirma Jesús (Lc 20,38). Dios es el futuro de vida prometido a cada ser humano, si lo quiere. Estamos destinados a una vida absolutamente nueva que “probamos” realmente ya sobre esta tierra pero que sobre la cual, por ahora, podemos solo balbucear.

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